Cadenas agroalimentarias: vínculos entre tierra, ciencia y vida

En noviembre de 1996, la FAO (Food and Agriculture Organization of the United Nations) realizó la Cumbre Mundial sobre la Alimentación en Roma, Italia. En presencia de delegados de 186 países, se definió que la seguridad alimentaria existe cuando todas las personas tienen, en todo momento, acceso físico, social y económico a comida suficiente, salubre y nutritiva que satisface las necesidades energéticas diarias y las preferencias de manutención para llevar una vida activa y sana. Así lo describe el Banco Mundial, entidad que enumera cuatro dimensiones primordiales:

  • La disponibilidad física de los víveres, que tiene que ver con la oferta y el nivel de producción.
  • El acceso económico y físico de los comestibles, pues la disponibilidad en sí no garantiza que los hogares puedan acceder a ellos.
  • La utilización de las provisiones; la correcta preparación, la diversidad de la dieta y la buena distribución del sustento dentro de los hogares.
  • Por último, la estabilidad en el tiempo de los tres ítems anteriores; es decir, el acceso a la comida de manera periódica, debido a que la falta de alimentación adecuada en un tiempo prolongado representa un riesgo para la condición nutricional.

En este sentido, los sistemas de producción se convierten en un eje fundamental para garantizar la seguridad alimentaria a escala local y global. Como lo define Gérard Ghersi, exdirector del Instituto Agronómico Mediterráneo de Montpellier, una cadena productiva agroalimentaria es el proceso que sigue un producto agrícola, pecuario, forestal o pesquero y que incluye, además, insumos, mano de obra, financiamiento, seguros, maquinaria, semillas, fertilizantes, etc. Estos procesos abarcan todas las etapas que van desde la producción primaria hasta el consumo final, pasando por la transformación, la distribución, la comercialización y el consumo.

La solidez de estas cadenas determina la disponibilidad de alimentos y la sostenibilidad económica, social y ambiental de los territorios, donde existen riesgos asociados como desastres naturales, conflictos políticos e incertidumbre en la agenda comercial que tienen impactos potenciales en la seguridad alimentaria y la estabilidad agrícola. Los pequeños productores son los más vulnerables a estas alteraciones, pues dependen de recursos naturales cada vez más frágiles. Del mismo modo, según un documento publicado por la FAO, las prácticas que realizan grandes agricultores tienen impactos negativos sobre los recursos naturales, pues al ser cultivos masivos y no diversificados, emiten más gases de efecto invernadero, deforestan, degradan bosques y usan plaguicidas en mayor cantidad.

Dado este escenario, los sistemas de producción locales son de gran importancia:

  • Promueven circuitos cortos de comercialización: hay una venta directa del productor al consumidor, lo que elimina intermediarios. Esto permite que el campesino reciba un pago justo por su trabajo y que el consumidor acceda a alimentos frescos, saludables y a un precio razonable, además de esto, la huella de carbono es menor, pues las distancias de transporte se ven reducidas.
  • Disminuyen la dependencia de insumos externos al priorizar el uso de semillas nativas y abonos orgánicos.
  • Mejoran la autonomía alimentaria de las comunidades e impulsan la conservación de los saberes tradicionales y de la biodiversidad agrícola.

En distintas regiones del país, comunidades campesinas, organizaciones sociales y universidades apuestan por un trabajo en conjunto más consciente, sostenible y acorde a las necesidades de sus habitantes, que promueva economías locales más solidarias. Este camino plantea un nuevo horizonte para las cadenas productivas agroalimentarias, en las que el valor no se mida únicamente en términos económicos, sino también en su capacidad de sostener la vida.

En esta línea de trabajo, Diego Mauricio Sánchez, MSc en Nutrición y Salud y doctor en Ingeniería, trabaja desde hace tres años con su equipo de la Institución Universitaria Pascual Bravo en la región del Bajo Cauca. En la búsqueda de unir investigación académica, saberes ancestrales, innovación tecnológica y fortalecimiento de cadenas productivas para la transformación de la vida en el campo surgió una red de iniciativas. Comenzaron con visitas a la región para dialogar con sus habitantes, quienes identificaron seis cadenas principales de producción: apicultura, caucho, cacao, plátano, piscicultura y ganadería. Formularon proyectos con tres componentes: investigación aplicada, capacitación técnica y encadenamiento productivo-comercial. En este punto, hicieron propuestas de compostaje, piscicultura, sistemas hidropónicos y proyectos sociales con comunidades víctimas del conflicto.

Hacia modelos más sostenibles

Aunque algunos productores agrícolas aún son reticentes a abandonar técnicas tradicionales para adoptar procesos más sostenibles y en armonía con la naturaleza, cada vez hay mayor apertura por motivos económicos y ambientales. Algunas prácticas más conscientes que hacen parte de un sistema regenerativo son:

  • La agricultura sintrópica, un método en el que se promueve la agrobiodiversidad, se respetan los ciclos naturales de la tierra y se producen alimentos que la restauran para lograr suelos más sanos y resilientes, con resultados de diversificación de la producción, un aumento de material orgánico en suelo y fijación de nitrógeno atmosférico.
  • La permacultura, que integra y promueve el uso eficiente de los recursos, la reducción de residuos y la creación de entornos habitables para todas las formas de vida. Se basa en el cuidado de la tierra, el cuidado de la gente y la generación de excedentes en tiempo, dinero y energía en compromiso con la tierra y su conservación.
  • La ganadería regenerativa, un sistema de producción agroforestal articulado con las dinámicas de la naturaleza que incrementa la productividad y reduce los costos de producción, mejora la salud y la fertilidad del suelo, se incrementa el contenido de materia orgánica y la capacidad de infiltrar y retener agua. Además, el suelo recicla y almacena nutrientes y carbono, lo que previene la erosión y revierte la desertificación, atrae fauna y genera nueva flora.
  • La hidroponía o cultivos hidropónicos: cultivo de plantas que no dependen de la tierra sino que se suministran nutrientes esenciales directamente a las raíces de las plantas mediante una solución acuosa que suministra los minerales necesarios para el crecimiento, una práctica agrícola más sostenible en comparación con la agricultura tradicional dado que elimina la necesidad de usar suelos, hay menos desperdicio de agua, se disminuyen los residuos y se aprovecha mejor el espacio, lo que permite crear estructuras verticales en áreas reducidas.
Foto del proyecto en la región del Bajo Cauca

Como parte del trabajo con comunidades, Diego Mauricio cuenta que se llevaron a cabo capacitaciones dirigidas a asociaciones de mujeres con emprendimientos en piscicultura en las que les enseñaron a realizar el mantenimiento eléctrico y mecánico de sus estanques para que no dependieran de técnicos externos, lo cual era recurrente y les generaba inconvenientes con la producción y altos costos: «También diseñamos un sistema de cultivos hidropónicos para hortalizas o Forraje Verde Hidropónico permitiendo producir más en menos tiempo y en un espacio reducido. Este fue entregado a la Asociación de Ganaderos del Bajo Cauca (ASOGAUCA), y espera dar respuesta a los problemas de producción de forraje para el ganado», cuenta Sánchez, quien también lideró la implementación de sistemas de compostaje automatizado a pequeña escala dirigido a jóvenes, quienes podían seguir el proceso a través de sus celulares de manera interactiva.

El desarrollo y el acompañamiento a cada una de estas iniciativas dura, en promedio, un año. A partir de allí lo ideal es que las personas involucradas hayan incorporado las técnicas, los saberes y la experiencia necesarios para continuar adelante con sus emprendimientos, como sucedió en Puerto Berrío. Allí se capacitaron pescadores locales para hacerles entrega de un sistema de refrigeración y conservación de peces alimentado con energía solar, el cual se diseñó con la vinculación de estudiantes de Ingeniería de la Institución Universitaria Pascual Bravo. Acerca de esto, Sánchez expresa: «Es importante impulsar proyectos que les permitan a los campesinos mejorar sus procesos productivos con apoyo tecnológico, especialmente pequeños y medianos productores que no tienen la infraestructura de los grandes».

Es preciso un esfuerzo conjunto para reconsiderar las prácticas de producción y consumo en el mundo; las comunidades locales están llamadas a definir políticas agrícolas y alimentarias, pues son actores clave en la transición social y ecológica hacia sistemas agroalimentarios más sostenibles, respetuosos con la diversidad natural y cultural. De acuerdo con Ghersi, el sector de la economía agroalimentaria, más que otros, debe seguir estos acontecimientos y es responsable de responder a una demanda social cambiante. Por lo tanto, es fundamental que los investigadores escuchen a la sociedad para realizar trabajos en conjunto con las comunidades a partir de las necesidades reales.