Por medio del vestuario es posible hacer un análisis social del individuo, pues más allá de cumplir su función principal, que es vestir el cuerpo, mediante la vestimenta es posible leer información como la posición socioeconómica, la labor que desempeña la persona, la edad aproximada o los gustos musicales. Es un elemento primario de protección y adorno, pero también parte constitutiva de la identidad desde perspectivas sociológicas y antropológicas. Cuando se piensa en la forma de vestir, la ropa actúa como uno de los artefactos culturales más potentes en la construcción de identidad e interacción social. En su ensayo Tejidos Blandos, la escritora y diseñadora Pía Montalva dice que, como en nuestra cultura no vamos desnudos, el límite corporal no es la piel, sino el cuerpo vestido o a medio vestir: esa es la forma en cómo nos vinculamos unos con otros y cómo coexistimos en sociedad.
La ropa, escribe el filósofo y semiólogo Roland Barthes en su libro El sentido de la moda, es como la lengua para Saussure: una masa heterogénea dentro de la cual es posible encontrar de todo; aspectos físicos, tecnológicos, económicos, estéticos, psicológicos, sociológicos, etc. Para Barthes, el vestido es como un sistema de signos que crean un lenguaje no verbal, pero que comunica.
El vestuario funciona como un marcador inmediato del estatus, del género, de la ocupación profesional o de la pertenencia a un grupo, y permite clasificaciones rápidas a partir del código visual. Así lo expresa Juan Esteban Maya, comunicador social – periodista, magíster en Comunicaciones y diseñador de modas: «Las marcas y marquillas también influyen en estas percepciones. La moda no es superficial: es un campo donde se negocian procesos de inclusión y exclusión, donde se distinguen clases y se articulan culturas», añade Juan Esteban, quien es líder del Territorio de Modas de la Institución Universitaria Salazar y Herrera.

A través de la historia, la ropa ha sido un medio poderoso de resistencia y transformación. No es pasivo: participa en la construcción simbólica del ser humano. La vestimenta juega un papel esencial en la construcción y reconstrucción del tejido social, en la resignificación de identidades y en la comprensión de cómo se estructuran las sociedades.
Comprender la forma de vestir es entender cómo nos configuramos a nosotros mismos y cómo percibimos al otro. No actuamos igual en todos los contextos: la identidad es relacional y está mediada por la forma en que nos presentamos, expresa Juan Esteban. Así, la creación, reparación o intervención de una prenda también se puede convertir en un proceso de resignificación personal o colectiva: «Un ejemplo hermoso es el kintsugi, técnica japonesa en la que se reparan objetos rotos y se resaltan sus fracturas con oro, otorgándoles así más valor. Esta metáfora ilustra cómo el ser humano, a partir de sus múltiples fragmentos y fibras, se puede reconstruir costura a costura, tejiendo su identidad. Todos pertenecemos a algún grupo y, en esa pertenencia, encontramos sentido. Reconocernos, identificar nuestras cicatrices y reconstruirlas permite sanar. Por eso, muchas prácticas terapéuticas utilizan la costura y el tejido como ejercicios simbólicos de reparación», puntualiza Maya.
La vestimenta y el conflicto armado

En Colombia, el conflicto armado es un fenómeno complejo que comenzó en la década de los 60 y se mantiene vigente, y que ha afectado de manera profunda a
10 303 346 personas, según el Registro Único de Víctimas. Entre los atropellos que sufrieron las personas afectadas, hay daños emocionales y sicológicos, daños morales, daños políticos y socio culturales; impactos causados por las masacres, desaparición forzada, desplazamiento forzado, secuestro, violencia sexual, impunidad de los crímenes, indolencia social y precaria atención estatal, según el informe ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad del Centro Nacional de Memoria Histórica.
Con la intención de realizar procesos de reparación, inclusión y visibilización de las víctimas, en el año 2016 se firmó el Acuerdo de Paz, a partir del cual se crearon iniciativas de transformación social. Algunos de estos emprendimientos se centraron en crear marcas de ropa como Manifiesta, que cuenta con exguerrilleros y víctimas en zonas de conflicto que confeccionan las prendas y que trabajan desde diferentes regiones del país, con una oficina central en Bogotá, o Cosemos Sueños, una asociación de mujeres víctimas de la guerra que comenzó en 2004 con máquinas de coser prestadas en Montañitas, Caquetá, y que hasta hoy es símbolo de resiliencia.
Por otro lado, desde las universidades se abrieron debates y se adelantaron investigaciones; por ejemplo, en la Institución Universitaria Pascual Bravo, un grupo de cuatro profesionales desarrollaron una investigación titulada Narrativas otras: una mirada desde el diseño a las prácticas vestimentarias de las personas dadas por desaparecidas en el marco del conflicto armado en Antioquia, Colombia, que aborda la desaparición forzada en el contexto del conflicto armado colombiano, sobre la cual publicaron un sitio web. A partir de este trabajo, tienen en proceso un libro titulado Narrativas otras: una mirada desde el diseño a las prácticas vestimentarias de las personas dadas por desaparecidas en el marco del conflicto armado en Antioquia, Colombia que recoge la aproximación metodológica y los hallazgos de la investigación.

Hugo Vázquez, diseñador gráfico con maestría en Escrituras Creativas y docente del programa de Diseño Gráfico de la Facultad de Producción y Diseño de la Institución Universitaria Pascual Bravo, cuenta que hubo tres fuentes claves para el proceso que realizaron: «Para el análisis investigativo nos basamos en material de la revista Rastros, publicada por la Fiscalía General de la Nación con el apoyo del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la Policía Nacional y el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), que busca facilitar la identificación preliminar de las víctimas de los grupos armados ilegales. Dicha publicación servía como un canal de información para que las familias pudieran identificar los restos mortales de sus seres desaparecidos».
La otra institución que consultaron fue la Comisión de la Verdad, una entidad del Estado colombiano mediante la cual se espera conocer la veracidad de lo ocurrido durante el conflicto armado y contribuir al esclarecimiento de las violaciones e infracciones cometidas en situaciones de violencia para ofrecer una explicación de su complejidad a toda la sociedad.
En su búsqueda de referencias al cuerpo, al vestido o al cuerpo vestido, también revisaron documentos de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), componente de justicia del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición, creado por el Acuerdo de Paz entre el Gobierno Nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), que tiene la función de administrar justicia transicional y conocer los delitos cometidos en el marco del conflicto armado cometidos antes del primero de diciembre de 2016.
Desde sus disciplinas, los investigadores se acercaron al material de esas entidades preguntándose cómo podía el diseño aportar a este tipo de problemáticas sociales. Como parte del proceso, desarrollaron una obra que incluyó una siembra de semillas sobre tejidos para observar su reacción en condiciones similares a las que enfrentaban las prendas halladas en fosas comunes o enterramientos antiguos. A partir de esas observaciones, el proyecto derivó en reflexiones y productos artísticos que se recogen en su libro.

Ángela Echeverri, diseñadora de vestuario con maestría en Educación y docente ocasional de la Facultad de Diseño, cuenta que, para los profesionales de su área, la práctica está ligada a la materialidad, por lo que se preguntaron qué papel podrían tener frente a una problemática como la desaparición forzada. «Tradicionalmente, el diseño se ha enfocado en resolver problemas o en explorar la dimensión estética y poética de los objetos. Sin embargo, en esta investigación se abordó desde el diseño crítico, una corriente que plantea que esta actividad también puede cuestionar, señalar y reflexionar sobre asuntos sociales».
Esta perspectiva permite entender la indumentaria —una de las formas más íntimas de materialidad humana— como un testigo del cuerpo ausente. La ropa, explican los investigadores, es el artefacto más cercano al cuerpo; donde hay vestimenta, hay presencia humana. Así, se preguntan qué puede revelar la ropa de las víctimas sobre su identidad, su historia o su entorno.
En la tarea de observar, encontraron que los procesos de descomposición textil pueden ofrecer pistas sobre el tiempo, el lugar o las condiciones en que ocurrió una desaparición. Tal como lo cuenta Catalina Montaño, comunicadora audiovisual, magíster en Artes Plásticas y Visuales y docente ocasional de la Facultad de Diseño: «Comprender que ciertos materiales sintéticos pueden resistir más al paso del tiempo permitió dimensionar la importancia del conocimiento textil en los procesos forenses».
En ese sentido, con el trabajo se visibiliza la capacidad del diseño para contribuir a la memoria y a la verdad desde una perspectiva distinta a la del arte, la sociología o el derecho. «A través del diseño y la materialización, se pueden generar nuevas formas de sensibilización y comprensión, evitando que estos temas se conviertan en relatos repetidos que la sociedad deja de escuchar», agrega Ángela, quien comenta que este trabajo se enmarca dentro de la modalidad de investigación-creación, un enfoque que se distancia de los métodos tradicionales y permite que los hallazgos emerjan del proceso mismo, del hacer sensible y reflexivo: «En este tipo de pesquisas se valoran los descubrimientos imprevistos, los gestos, las huellas y los rastros, como el de coser fragmentos de tela que evocan cuerpos ausentes».
Juliana Giraldo, diseñadora de modas y artista plástica, magíster en Estudios Culturales y profesora ocasional de la Facultad de Diseño, explica que estos gestos materiales de sembrar las prendas evocan el proceso que sufren tanto los cuerpos como las telas. Al intentar reconstruirlas después en un proceso de unirlas con hilo, se emula la acción de vestir o recomponer un cadáver, recordando la fotografía de Jesús Abad Colorado, en la que un niño viste a su padre fallecido: «Este gesto, que surgió espontáneamente, se convirtió en un hallazgo significativo dentro del proceso creativo, porque revela cómo el hacer puede reflejar y resignificar gestos de la violencia».
En un aparte del libro El gesto político de observar los rastros, los autores escriben: «Hemos recogido relatos y evidencias de familiares, documentos forenses, archivos judiciales, imágenes-fragmentos. Pero, sobre todo, hemos escuchado las ausencias, las intentamos entender a través de las herramientas propias del diseño de vestuario: la caracterización por tipologías de prendas, análisis de materiales y sus procesos de descomposición. En este entretejido multidisciplinar, cada contribución al proceso experimental es una narrativa otra, una forma de contar una parte de la historia de la violencia en el país».
Esta es una investigación rigurosa y conmovedora que dirige una mirada sensible hacia las desapariciones y demuestra que el diseño es un campo capaz de interpelar lo social y lo simbólico en un gesto de cuidado, de memoria y de creación.




