La apicultura como herramienta de transformación social y ambiental

En el mundo existen alrededor de 25 mil especies de abejas, presentes en todos los continentes, con excepción de la Antártica. El ser humano tiene una profunda relación con este insecto desde hace miles de años, con Egipto como uno de los primeros lugares con registros de apicultura organizada en el año 3000 a. C. Estos insectos nos proporcionan alimento y medicina y son además el pilar de la agricultura, puesto que son esenciales para la seguridad alimentaria global.

En la actualidad, desafortunadamente, las abejas se enfrentan a amenazas relacionadas con el cambio climático, la pérdida de hábitat, el uso indiscriminado de agroquímicos y la expansión de plagas y enfermedades. Esto, a su vez, es un riesgo para plantas fundamentales en el bienestar y el sustento de los seres humanos. Según un artículo de la FAO, cerca del 75 % de los cultivos alimentarios dependen de polinizadores como las abejas, en especial frutas y hortalizas.

La apicultura también es una importante fuente de ingresos para medios de vida rurales. Un informe de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) señala que la abeja occidental es el polinizador más extendido en el mundo y más de 80 millones de colmenas producen unos 1.6 millones de toneladas de miel al año. A pesar de esto, más del 40 % de especies de polinizadores invertebrados, en especial abejas y mariposas, se enfrentan a la extinción. Las abejas son el sostén de ecosistemas, regeneran paisajes y su uso sostenible promueve la cooperación entre las personas y comunidades, sobre todo en las áreas rurales.

El Bajo Cauca: miel, comunidad y tecnología

En Colombia, la apicultura se ha convertido en una alternativa económica sostenible frente a contextos marcados por la minería y el conflicto armado, en especial en la subregión del Bajo Cauca, en Antioquia. La Institución Universitaria Pascual Bravo apoya varios proyectos localizados en los municipios de Caucasia, El Bagre y Zaragoza, territorios ricos en biodiversidad, pero afectados por retos sociales y económicos.

Dicen las proyecciones del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), que el Bajo Cauca es habitado por 268.459 personas, de las cuales -según Antioquia Cómo Vamos-, el 28.5 % de sus habitantes es pobre, el 65 % solo estudió hasta los primeros grados, y el 68 % se dedica al empleo informal. En los seis municipios que conforman el Bajo Cauca (El Bagre, Zaragoza, Nechí, Tarazá, Caucasia, Cáceres) priman las actividades de ganadería, agricultura, pesca y cultivo de hoja de coca, pero, sobre todo, la minería.

Según un reportaje de la revista Vorágine, el 33 % de la población se dedica a la explotación de minas y canteras, en especial las de oro, actividad que ha traído consigo la presencia de grupos armados ilegales: el Ejército Gaitanista de Colombia, los Caparros, la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, y los frentes 4, 18 y 36 que se reintegraron luego de la firma del Acuerdo de Paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el Gobierno. Este conflicto afecta a la población civil, lo cual desencadena desplazamientos forzados, reclutamiento de menores de edad, extorsiones, combates dentro de las poblaciones, desaparición forzada, asesinatos y deserción escolar.

Como apoyo a la actividad económica y al fortalecimiento de la resiliencia de la cadena apícola en comunidades del Bajo Cauca, se gestó el proyecto Apicultura para la vida: inteligencia artificial y comunidad por la resiliencia climática, que consiste en diseñar un sistema inteligente de predicción climática y monitoreo apícola basado en inteligencia artificial (IA), que integre datos locales, sensores y registros satelitales, con lo que se busca anticipar fenómenos como sequías, lluvias intensas y olas de calor, para ofrecer a las comunidades alertas tempranas y recomendaciones prácticas sobre el manejo de los apiarios.

Aunado a la anterior iniciativa, la institución cuenta hoy con diferentes proyectos como una apuesta por cuidar el legado de la apicultura y abrir caminos para las nuevas generaciones. «En esta región, la miel no solo es sustento económico, sino también un símbolo de cultura, tradición y equilibrio con la naturaleza», explica Isabel Cristina Alzate, PhD en Ingeniería, Industria y Organizaciones, y directora del proyecto. Isabel Cristina comenta que la población prioritaria son trabajadores rurales, mujeres y jóvenes que ven en las abejas más que una fuente de ingresos, un símbolo de organización, cooperación y futuro. «Buscamos acompañarlos en la transición hacia una apicultura más resiliente, combinando la tradición productiva con la innovación tecnológica, donde no solo se apunta a mejorar la productividad de la miel, sino también a fortalecer capacidades locales, preservar la biodiversidad y el desarrollo sostenible en el Bajo Cauca», puntualiza.

La profesora, junto a su equipo de la Institución Universitaria Pascual Bravo, trabajan con Campo Dulce, organización beneficiada que integra a familias que tienen desde cinco hasta cincuenta colmenas cada una y, al estar asociadas, pueden acceder a mejores tecnologías y responder a las exigencias de productividad que no podrían cumplir de manera individual. También cuentan con una escuela apícola llamada Apilab, que brinda a los jóvenes y a nuevos apicultores conocimientos básicos sobre esta actividad, en la que aprenden aspectos técnicos esenciales como la ubicación adecuada de un apiario, el acceso a recursos hídricos y las condiciones de flora necesarias para la producción.

En relación con Apilab, surgieron otros dos proyectos de investigación: el primero es Fortalecimiento de la transferencia de conocimiento y transición generacional de los saberes ancestrales en comunidades apícolas del Bajo Cauca antioqueño, en el que se incluyen asociaciones de apicultores, adultos mayores con conocimiento de la actividad y niños y jóvenes entre 12 y 17 años, quienes participan de procesos formativos innovadores mediante herramientas transmedia que encuentran en escuelaapilab.com, con lo que se pretende garantizar que la apicultura siga siendo una fuente de vida, identidad y desarrollo sostenible para las nuevas generaciones y para fortalecer el tejido social y la resiliencia.

La segunda iniciativa es Transferencia de saberes ancestrales y experiencias de la cadena apícola a niños del Bajo Cauca antioqueño cuyo público objetivo son niños y niñas de comunidades rurales quienes, por medio de talleres, actividades creativas y materiales educativos, aprenden sobre apicultura, al mismo tiempo que se promueven valores de conservación ambiental, identidad y sentido de pertenencia.

Alzate afirma que el trabajo con estas comunidades ha permitido formular y ejecutar proyectos pertinentes, vinculados con los planes de desarrollo locales, regionales y nacionales y con un enfoque en sostenibilidad, innovación social y fortalecimiento de las cadenas productivas agroalimentarias. El impacto estimado es de entre doscientas cincuenta a quinientas familias apicultoras del Bajo Cauca, con un efecto multiplicador gracias a la labor de las asociaciones y al trabajo con instituciones educativas rurales que involucran a jóvenes y niños, incluso a quienes no tienen un vínculo directo con esta labor.

Isabel Cristina comenta que trabajar con la comunidad ha sido fundamental, pues a diferencia de la investigación que parte del escritorio hacia el campo, estos proyectos se construyen desde las necesidades de la gente, fusionando la investigación aplicada con la innovación social, donde las historias de vida, la transmisión de saberes y la resiliencia de estas familias enriquecen el proceso y demuestran que, si bien la apicultura es una actividad económica, también es una herramienta de transformación social y ambiental.